La perceuse

ARTES Y NO TAN ARTES

Diane Arbus

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Bruce Davidson

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Persépolis

Marjane Satrapi

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“Anochece” de Tristan Tzara

Vuelven los pescaderos con las estrellas del agua,
reparten comida a los pobres,
ensartan rosarios para los ciegos,
los emperadores salen de los parques
a esta hora que se asemeja
a la vejez de los grabados
y los criados bañan a los perros de caza,
la luz se pone los guantes
ábrete pues, ventana,
y sal, noche, del cuarto como el hueso del melocotón.
Dios peina la lana de los enamorados sumisos,
pinta los pájaros con tinta,
cambia la guardia en la luna.
-Vamos a cazar escarabajos
para guardarlos en una caja.
-Vamos al río
para hacer vasos de barro.
-Vamos a la fuente para besarte.
-Vamos al parque comunal
hasta que cante el gallo
para escandalizar a la ciudad,
o al establo para acostarnos
para que te pinche la hierba seca
y oír el rumiar de las vacas
que después añorarán a los terneros.
Vamos, vamos, vamos.

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El peor analfabeto es el analfabeto político.
No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos.
No sabe que el coste de la vida, el precio de las alubias, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas.
El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales

—Bertolt Brecht

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Jacob Aue Sobol

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Shomei Tomatsu

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“Ravens” - Masahia Fukase

El fotógrafo Masahisa Fukase murió tres veces. La última ocurrió el pasado 9 de junio y será considerada como definitiva por los registros, que en este caso, como en tantos, cultivarán la imprecisión.

El cuerpo de Fukase tenía 78 años. Estaba detenido en un hospital en un coma profundo desde el 20 de junio de 1992, cuando sufrió una conmoción cerebral severa al caer escaleras abajo en un bar. Estaba borracho. Fue la segunda muerte.

En 1976, cuando Yoko, su mujer y musa durante 13 años, decidió divorciarse —estaban atados por un lazo tan apretado que abarcaba “desde el placer más profundo hasta el deseo del suicidio y la destrucción”, dijo ella—, Fukase murió por primera vez. Estaba tan obsesionado con la imagen fotográfica de Yoko que a la mujer, asustada, se le hacía difícil ser alguien por sí misma y comenzó a temer al marido.

Fascinado por la elegancia ominosa, la oscuridad y tristeza del ave a la que Poe llamó “vagabundo en la tiniebla“, hizo fotos de cuervos: silueteados, en sombras, reflejados en la nieve y el cemento, embrutecidos en la masa social de la manada, vigilantes en cables aéreos, desplegados sobre fracciones de cielo granuladas… “Trabajo para detenerlo todo. Mi obra es un especie de venganza contra el drama de tener que vivir“, declaró Fukase en uno de sus muy escasos testimonios.Con su aparatoso protocolo de relación con la naturaleza y sus ánimas, los japoneses han establecido que se debe evitar el cruce de miradas con el karasu(cuervo) porque implica que algo funesto sucederá. Acaso en espera del cumplimiento del augurio porque lo consideraba merecido, Fukase dedicó diez años a intercambiar miradas con cuervos. Entre la primera y la segunda muertes, triste y perdido, el fotógrafo pensó en dejarse arrastar por un río, ahogarse en el mar, colgarse de una viga, envenenarse… Tomó un tren hacia su lugar de nacimiento, Hokkaido, la más norteña de las islas del archipiélago japonés, pero no podía soportar la conciencia inútil del desplazamiento porque, pensó, el dolor admite todas las geografías y descendió al azar en una de las paradas. Entonces vió a un cuervo.

Hasta que confluyó con los cuervos, había firmado dos fotoensayos de juventud: Oil Refinery Skies (1960) y Kill the Pigs (1961), sobre una refinería y un matadero. Heredero del estudio familiar que regentaron su abuelo y su padre en Hokkaido, compañero de estudios de dos de los grandes de la fotografía japonesa de la postguerra, Shomei Tomatsu y Daido Moriyama, Fukase era neurótico, complejo y depresivo. Sus fotos familiares, de los suburbios de Tokio y de Yoko le situaron en una posición económica cómoda, pero no era suficiente.

El álbum que publicó en 1986 en Japón, Ravens —luego editado en Europa con un añadido inútil y explicativo: The Solitude of Ravens (La soledad de los cuervos)—, fue elegido en 2010 por un panel de críticos como el mejor libro de fotografía de los últimos 25 años. El éxito trajo exposiciones en las flemáticas o caducas urbes continentales y puso a la obra en el altar de lo selecto (un ejemplar usado puede andar por los 1.500 euros), pero el fotógrafo seguía fracturado.

Dicen que Yoko —feliz tras un nuevo matrimonio— seguía visitando una vez a la semana el hospital donde residía su exmarido, es decir, el cuerpo vegetal de su exmarido, desde que la borrachera y la caída por las escaleras le llevaron al estado anestésico que quizá había perseguido con la contemplación de los cuervos. “No puedo dejar de hacerlo, Masahisa forma parte de mí”, dijo a un entrevistador hace unos años. “Sin su cámara nunca fue capaz de ver”, añadió. Atormentadas como placas de rayos equis, peligrosas como el camión conducido por un borracho, repletas de la misma soledad que un invierno postnuclear, las fotos de Ravens no pueden ser admiradas con aplausos educados. Son demasiado silvestres y dolorosas.

Anxel Grove (20minutos)

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LOS MARTIRES DE CHICAGO

El primero de Mayo de 1886 se hizo la primera huelga general para la reducción de la jornada a 8 horas, la represión policial acaba con la vida de varios trabajadores, a esto se le suceden una serie de manifestaciones los días posteriores, al día siguiente mueren otros 6 obreros a manos de la policía. El 4 de Mayo se suceden los discursos de anarquistas y socialistas en reproche a la represión, la policía vuelve a agredir a las masas y entre las corridas estalla una bomba, la policía detiene a varios acusandolos del ataque terrorista, pero nunca pudieron probar la acusación, no habían pruebas salvo el testimonio de dos personas pagadas por la policía, de los ocho acusados cinco fueron llevados a la horca, los otros estuvieron en prisión hasta que en 1893 se demostró la inocencia de todos los acusados. Los testigos utilizados por la acusación eran el capitán de Policía Bonfield, que ordenó disparar contra la multitud en Haymarket, y los ex anarquistas Waller, Schrader y Selinger, que declararon contra sus antiguos camaradas, pagados o coaccionados por la policía.

Los Mártires de Chicago fueron: George EngelAdolf Fischer, Albert Parsons, August Vincent Theodore Spies, Louis Lingg, (ahorcados)Samuel Fielden, Oscar Neebe, Michael Schwab (presos)

George Engel. Esta es su confesión ante el tribunal que juzgó a ocho inocentes, acusandolos de ser los responsables de la bomba que estalló el 4 de mayo, Engel fue uno de los ahorcados.

“Entonces entro en la Asociación Internacional de los Trabajadores. Los miembros de esta Asociación estamos convencidos de que sólo por la fuerza podrán emanciparse los trabajadores, de acuerdo con lo que la historia enseña. En ella podemos aprender que la fuerza libertó a los primeros colonizadores de este país, que sólo por la fuerza fue abolida la esclavitud y que, así como fue ahorcado el primero que en este país agitó a la opinión contra la esclavitud, vamos a ser ahorcados nosotros […]

¿En qué consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonen millones […], otros caen en la degradación y la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizadas en beneficios de todos. Vuestras leyes están en oposición con las de la naturales y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, a la libertad y al bienestar […]

No combato individualmente a los capitalistas; combato al sistema que produce sus privilegios. Mi mas ardiente deseo es que los trabajadores sepan quienes son sus enemigos y quienes sus amigos.

Todo lo demás merece mi desprecio.”

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Shoji Ueda

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Avishai Cohen

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ALFONSINA Y EL MAR

Alfonsina Storni fue una poetisa y escritora argentina. Sus composiciones reflejan la enfermedad que padeció durante gran parte de su vida y muestran la espera del punto final de su existencia, expresándolo mediante el dolor, el miedo y otros sentimientos.

 Se relaciono con el poeta Horacio Quiroga quien luego de finalizar su relación con ella contrajo matrimonio y 10 años mas tarde se suicido. Alfonsina realmente lo apreciaba y dedico un poema a su difunto amigo:

 “Morir como tú, Horacio, en tus cabales,

Y así como en tus cuentos, no está mal;

Un rayo a tiempo y se acabó la feria…

Allá dirán.

Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte

Que a las espaldas va.

Bebiste bien, que luego sonreías…

Allá dirán”

Anos más tarde fue diagnosticada con cáncer de mama del cual fue operada, al poco tiempo se realizó un estudio de quirología, cuyo diagnóstico no fue acertado. Esto la deprimió, provocándole un cambio radical en su carácter y llevándola a descartar los tratamientos médicos y a planear su fin.

Antes de partir escribió su último poema y lo envió al diario La Nación:

“Dientes de flores, cofia de rocío, manos de hierbas, tú, nodriza fina, tenme puestas las sábanas terrosas y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. Ponme una lámpara a la cabecera, una constelación, la que te guste, todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes, te acuna un pie celeste desde arriba y un pájaro te traza unos compases para que te olvides. Gracias… Ah, un encargo, si él llama nuevamente por teléfono le dices que no insista, que he salido…”

 

Finalmente la poeta se suicidó en Mar del Plata arrojándose de la escollera del Club Argentino de Mujeres. Hay versiones románticas que dicen que se internó lentamente en el mar hasta desaparecer por completo.

La Cancion:

 Alfonsina y el mar es una zamba compuesta por los argentinos Ariel Ramírez y Félix Luna, publicada por primera vez en el disco de Mercedes Sosa. La canción es un homenaje a la poetisa, donde se incluyen extractos de su ultimo poema.

Alfonsina y el mar

Por la blanda arena que lame el mar
su pequeña huella no vuelve más.
Un sendero solo de pena y silencio llegó
hasta el agua profunda.
Un sendero solo de penas mudas llegó
hasta la espuma.

Sabe Dios qué angustia te acompañó
qué dolores viejos calló tu voz,
para recostarte arrullada en el canto
de las caracolas marinas.
La canción que canta en el fondo oscuro
del mar, la caracola.

Te vas Alfonsina con tu soledad,
¿qué poemas nuevos fuiste a buscar?
Una voz antigua de viento y de sal
te requiebra el alma y la está llevando
y te vas hacia allá como en sueños,
dormida, Alfonsina, vestida de mar.

Cinco sirenitas te llevarán
por caminos de algas y de coral
y fosforescentes caballos marinos harán
una ronda a tu lado;
y los habitantes del agua
van a jugar pronto a tu lado.

Bájame la lámpara un poco más,
déjame que duerma, nodriza, en paz
y si llama él no le digas que estoy,
dile que Alfonsina no vuelve más,
y si llama él no le digas nunca que estoy,
di que me he ido.

Te vas Alfonsina con tu soledad,
¿qué poemas nuevos fuiste a buscar?
Una voz antigua de viento y de sal
te requiebra el alma y la está llevando
y te vas hacia allá como en sueños,
dormida, Alfonsina, vestida de mar.

(Información extraída de shedsenn.com)

Os dejo también la versión de Avishai Cohen

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El Pájaro Azul

lapiedradelzapato:

Cuando me senté y abrí la cortinilla para ver por la ventana del vagón, allí estaba. Un pajarito azul, de pico corto, se había posado en el pequeño saliente de la ventanilla. Daba saltitos por ella y pinchaba con el pico con movimientos rapidísimos intentando coger algún resto minúsculo de alimento que yo no alcanzaba a ver. Giraba la cabeza y me miraba. Después seguía con su intento de cazar algún bichito hasta que dio el asunto por zanjado y echó a volar agitando como un ventilador a toda potencia sus azules alas y se perdió por encima del techado de aquella estación.

El tren estaba a punto de arrancar cuando vi a una niña correr por el andén en dirección opuesta a la que iba a tomar yo. Pareció notar que la miraba, pues ella giró su cabeza justo cuando pasaba por mi vagón. Y era cierto. La estaba mirando descaradamente. Con mi cara pegada al cristal y apoyándome con mis manos me iba girando a medida que aquella niña se iba alejando. No recuerdo haberla visto en el tren, así que debió de salir de algún otro a pesar de que en la estación no había ningún ferrocarril más que este.

La niña llevaba el pelo rizado, negro como el carbón de alguna foto de aquel libro sobre trenes antiguos que tenía en mi camarote, piel blanca, un vestido azul y zapatos también azules. Del mismo azul que el pájaro que se había posado en mi ventanilla. Debía de tener mi misma edad o quizás un año más. Doce, le echaba yo. Ya la había perdido de vista cuando el tren empezó a moverse pero todavía me quedé con la cara pegada al cristal pensando en sus piernas, tan flacas y como corrían. Tanto que parecía que no tocasen suelo.

 

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